
— No — repitieron voces oscuras.
Pero otras asintieron:
— Como tú quieras.
Tras un instante de duda avanzaron; la boca de la cueva parecía haberse cerrado tras ellos, tanta era la oscuridad bajo la piedra. Marchaban de uno en fondo, Semley la última.
La oscuridad del túnel se debilitó; habían llegado hasta el lugar donde pendía del techo una bola de tenue fuego blanco, otra más lejos y otra. Entre ellas, como festones, negros gusanos larguísimos colgaban de las rocas. A medida que avanzaban, menor era el espacio entre una y otra bola de fuego y todo el túnel estaba iluminado con una luz brillante y fría.
Los guías de Semley se detuvieron. Tres puertas que parecían ser de acero bloqueaban el acceso a otras tantas vías.
— Aguardaremos, Angya — dijeron, y ocho de ellos permanecieron junto a ella en tanto otros tres abrían una de las puertas y la franqueaban antes de que cayera tras ellos con estrépito.
Firme y erguida se mantuvo la hija de los Angyar bajo la descolorida luz de las lámparas; su montura se echó a su lado, batiendo una y otra vez su cola a rayas, con las alas plegadas, aunque sacudidas una y otra vez por un impulso de vuelo. Detrás de Semley, en el túnel, los ocho hombres gredosos se acuclillaron, y sus voces hondas murmuraban palabras en su propia lengua.
La puerta central resonó al abrirse.
— ¡Dejad que Angya penetre en el Reino de la Noche! — gritó una nueva voz, jactancioso y resonante. Un hombre gredoso, con alguna vestidura sobre el tosco cuerpo gris, apareció en el vano de la puerta e hizo señas de que se adelantaran —. ¡Entra y contempla las maravillas de nuestras tierras, los prodigios realizados por las manos de los Señores de la Noche!
Silenciosa, Semley tiró de las riendas e inclinó la cabeza para seguir a su nuevo guía por un pasaje de poquísima altura. Otro túnel iluminado se abría delante, paredes húmedas, deslumbrantes bajo la luz blanca.
