
— ¡Los excelsos Señores de Gdemiar!
Eran siete y todos le habían clavado los ojos con tal arrogancia pintada en sus grises rostros terrosos que ella sintió deseos de reír.
— He venido hasta vosotros para buscar el tesoro perdido de mi familia, Señores del Reino de las Tinieblas — dijo en tono solemne —. Busco el botín de Leynen, el Ojo del Mar. — Su voz sonaba débil en medio del estrépito.
— Así nos lo han dicho nuestros mensajeros, Semley, señora de Hallan. — Esta vez logró determinar quién le había hablado: un individuo más bajo que los otros, que apenas si le llegaría al pecho y lucía un resto fiero en el rostro —. No poseemos lo que buscas.
— En otro tiempo lo tuvisteis, se dice.
— Mucho es lo que se dice allí donde el sol centellea.
— Y las palabras son llevadas por el viento, allí donde el viento sopla. No pregunto cómo se ha perdido el collar ni cómo ha vuelto a vosotros, sus artífices de antaño. Esas son viejas historias, antiguas habladurías. Sólo intento encontrarlo ahora. Vosotros no lo poseéis, pero quizá sepáis dónde está.
— No está aquí.
— Estará, pues, en otro lugar.
— Está donde tú no puedes llegar; no, a menos que cuentes con nuestra ayuda.
— Ayudadme, pues; os lo pido en mí condición de huésped vuestra.
— Se ha dicho: los Angyar toman; los Fiia dan; los Gdemiar dan y toman. Si hiciéramos esto por ti, ¿qué nos darías?
— Mi gratitud, Señores de la Noche.
Y permaneció firme y bella, sonriente entre ellos. Todos la contemplaban con asombro maligno, con hosco sentimiento.
— Escucha, Angya, grande es el favor que pides; no sabes cuánto; no puedes comprenderlo. Perteneces a una raza que no lo comprenderá, porque sólo os cuidáis de cabalgar en los vientos, de levantar cosechas, pelear a espada y vocear juntos.
