— Querría tener algún medio de saber quién es ella…


Provenía de una antigua familia, descendiente de los primeros reyes de los Angyar, y por encima de todas sus carencias, su cabello brillaba con el puro e inmutable oro de los de su raza. Los diminutos Fiia, a su paso, se inclinaban ya en los tiempos en que ella no era más que una niña descalza que correteaba por las praderas, la luminosa y ardiente cabellera como un cometa, sacudida por los duros vientos de Kirien.

Tierna era su edad cuando Durhal de Hallan la conoció, cortejó y llevó consigo, lejos de las ruinosas torres y ventosos espacios de su niñez, hacia la alta casa de Hallan. Allí, junto a la montaña, tampoco había comodidades, aunque perdurara el esplendor. Ventanas sin cristales, piedra desnuda en los pisos; durante la estación fría, al despertar, se podía ver la nieve nocturna acumulada junto a las ventanas. La esposa de Durhal, de pie, descalza sobre el suelo helado, trenzaba el fuego de su cabello y sonreía a su joven esposo a través del espejo de plata de su habitación. Ese espejo y el traje de boda de su madre, recamado con mil menudos cristales, constituían toda su riqueza. Los familiares lejanos de Durhal aún eran dueños de guardarropas suntuosos, mobiliarios de maderas doradas, monturas, armas y espadas de plata, joyas y alhajas sobre las que la joven esposa arrojaba miradas de envidia, volviendo sus ojos hacia una diadema de perlas o un broche de oro cuando el dueño de la joya le cedía el paso como signo de deferencia por la alta alcurnia de su linaje y matrimonio.

En el cuarto puesto a partir del trono de Hallan Revel se sentaban Durhal y su esposa Semley, tan cerca del señor de Hallan que, a menudo, el anciano ofrecía vino a Semley con su propia mano y hablaba de las cacerías con su sobrino y heredero Durhal, envolviendo a la joven pareja en una mirada de amor torvo y sin esperanzas.



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