Escasas podían ser las esperanzas para los Angyar de Hallan y para las Tierras del Oeste, desde que aparecieran los Señores de las Estrellas, con sus casas que brincaban sobre pilares de fuego y sus tremendas armas que arrasaban montañas. Ellos habían bloqueado todos los antiguos caminos y se habían inmiscuido en las viejas guerras, y aunque los montos eran pequeños, resultaba una vergüenza insoportable para los Angyar el tener que pagarles un tributo, contribución para la guerra que los Señores de las Estrellas sostenían con algún extraño enemigo, en algún lugar del espacio abismal entre las estrellas. «Será también vuestra, esta guerra» decían; pero la última generación de los Angyar había permanecido inerte en su ociosa vergüenza, dentro de sus salones, viendo cómo enmohecían sus espadas de doble filo, cómo crecían sus hijos sin intervenir en una sola batalla, cómo sus hijas se unían a hombres pobres, incluso a los de baja cuna, sin aportar la dote de un patrimonio heroico a un noble marido. El rostro del Señor de Hallan se ensombrecía al contemplar a la pareja de cabellos dorados, al oír sus risas mientras bebían vino amargo y jugueteaban en la fría, ruinosa y antes resplandeciente fortaleza de su casta.

El propio rostro de Semley se endurecía a la vista del salón donde relampagueaba el brillo de las piedras preciosas en asientos muy por debajo del suyo, entre mestizos y hombres de casta inferior, de piel blanca y cabellos oscuros. Ella nada había aportado como dote a su esposo: ni siquiera una horquilla de plata. El vestido de Los Mil Cristales estaba reservado para el día de la boda de su hija, si nacía una niña.

Y fue una niña y la llamaron Haldre, y cuando el cabello creció en su cabecita oscura, brilló como el oro inmutable, herencia de generaciones señoriales, el único oro que jamás poseería…

Semley nunca mostró a su marido el descontento que la colmaba. Porque a pesar de su dulzura para con ella, en su duro orgullo de señor, Durhal sólo abrigaba desprecio hacia la envidia y los deseos vanos, y ella temía ese desprecio. En cambio, habló con Durossa, la hermana de Durhal.



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