— ¡Salud, esposa de Hallan, Señora de Kirien, Dama de los Vientos, Semley la Bella!

Todos coreaban dulces nombres y ella los oía con placer, sin enfadarse por sus carcajadas, porque los Fiia reían a cada palabra: era su actitud habitual, hablar y reír. Se detuvo, firme y erguida en su capa azul, en el centro de la bienvenida.

— Salud, gentes blancas, habitantes del sol, Fiia, amigos de los hombres.

Penetró en la aldea, conducida por todos, y se instaló en una de las luminosas casas, y los niños corrían y gritaban a su alrededor. Era difícil saber la edad de un Fian adulto; incurso distinguir con certeza a uno de otro era arduo, porque se movían con la rapidez de una mariposa en torno de la luz, y ella no sabía si siempre hablaba con el mismo interlocutor. Pero tuvo la sensación de que sólo uno de ellos le hablaba, por un momento, en tanto unos atendían su cabalgadura y otros le ofrecían agua y frutas de sus árboles.

— ¡No han sido los Fiia quienes han robado el collar de los Señores de Kirien! — exclamaba el hombrecito —: ¿Qué podrían hacer los Fiia con el oro, Señora? Para nosotros brilla el sol en la estación cálida y en la estación fría nos quedan los recuerdos de ese brillo. Las frutas amarillas, las hojas amarillas de fin de estación, el amarillo de la cabellera de nuestra Señora de Kirien: no tenemos otro oro.

— ¿Lo robó, pues, alguno de los normales?

— ¿Cómo osaría hacerlo un normal? Ah, Señora de Kirien, cómo fue robada la joya ningún mortal lo sabe, ni el hombre, ni el normal, ni el Fian, ni ninguna de las siete castas. Sólo los muertos saben cómo se ha perdido, tiempo ha, cuando Kireley el Arrogante, bisabuelo de nuestra Semley, marchó sin compañía por las cavernas del mar. Pero quizá esté entre los Enemigos del Sol.



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