
En la tercera mañana arribó a Kirien y, una vez más, se detuvo en medio de las salas ruinosas. Su padre había estado bebiendo durante toda la noche y, como en días pasados, la luz del sol, filtraba por entre las grietas de los techos, lo abrumaba. La presencia de su hija aumentó su disgusto.
— ¿A qué has venido? — en tanto que sus ojos hinchados recorrían las paredes y el rostro de la joven. La mata de fuego de su cabellera había desaparecido y sólo gruesas arrugas le cubrían el cráneo —. ¿El joven de Hallan no se ha casado contigo y vienes aquí con tus lloros?
— Soy la mujer de Durhal; he venido a buscar mi dote, padre.
Ebrio aún, gruñó una vez más, con enfado; pero la sonrisa de ella fue tan dulce que se sintió vencido.
— ¿Es verdad, padre, que los Fiia han sido los que robaron el collar, el Ojo del Mar?
— ¿Cómo puedo saberlo? Son viejas leyendas. Esa joya se perdió antes de nacer yo, creo, y quisiera no haber nacido nunca. Pregúntale a los Fiia, si quieres saberlo. Vete con ellos, vuelve con tu marido, déjame solo aquí. No hay espacio en Kirien para las muchachas, el oro y todo lo demás. Aquí ya es el fin; ésta es una plaza perdida, vacía. Los hijos de Leynen han muerto todos; sus riquezas han desaparecido. Sigue tu camino.
Gris e hinchado, casi como un pordiosero en una casa ruinosa, se volvió, tambaleante, para ir a ocultarse de la luz del sol, en los sótanos.
Con la rienda de su cabalgadura alada entre las manos, Semley abandonó el antiguo hogar. Marchaba hacia una colina escarpada, luego de atravesar la aldea de hombres normales, que la saludaron con hosco respeto. En los campos pacían las bestias aladas y semisalvajes, en grandes rebaños. Semley descendió por un valle de verde intenso, rebosante de sol. En lo profundo del valle estaba asentada la aldea de los Fiia, y al par que ella iba descendiendo, con la rienda entre las manos, las diminutas gentes corrían a su encuentro desde huertas y jardines riendo y nombrándola con sus finas vocecillas:
