Las pocas horas transcurridas desde su partida de Israel y la llegada a la ONU habían sido suficientes para que comenzara y finalizara la guerra. La estimación final de bajas iba a superar los cuatrocientos veinte millones. No había ganadores.


* * *

Christopher abrió la puerta de la sala del Consejo de Seguridad y entró como una exhalación, seguido de cerca por Decker y Milner. Todos los presentes conocían a Decker, pero hacía un año y medio que no veían a Milner y el cambio experimentado por Christopher no se reducía al pelo y la barba; su semblante era otro muy distinto. Al reconocer a Christopher, Gerard Poupardin, que estaba sentado a cierta distancia de Faure, miró a otro asesor y lanzó una carcajada.

– Pero ¿quién se cree que es? ¿Jesucristo?

Christopher aprovechó la oportunidad que le brindaba el desconcertante silencio que se había hecho en la sala.

– Señor presidente -dijo Christopher dirigiéndose al embajador canadiense, que ocupaba el estrado asignado al presidente del Consejo de Seguridad-, aunque no es mi intención interrumpir al consejo en la urgente tarea de aliviar a los pueblos de la India, Pakistán, China y los países vecinos, ¡hay uno entre nosotros que no está en condiciones de emitir su voto ni en el seno de una camarilla de ladrones ni mucho menos en el de tan noble organismo!

– ¡Está usted fuera de orden! -exclamó Faure poniéndose en pie de un salto-. Señor presidente, el representante temporal de Europa está fuera de orden.

El embajador canadiense estiró el brazo para coger el mazo, pero se quedó paralizado ante la potente mirada de Christopher.



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