
– ¿Qué vas a hacer? -preguntó Decker a Christopher.
– En el tercer capítulo del Eclesiastés -repuso Christopher-, el rey Salomón escribió que todo tiene su tiempo: su hora de nacer y su hora de morir, su hora de plantar y su hora de arrancar lo plantado; su hora de curar y su hora de matar.
Decker trasladó su mirada de Christopher a Milner varias veces antes de volverse hacia la pantalla del televisor. Mientras la cámara ofrecía una vista panorámica de la devastación, en la distancia, allí donde la humareda y la nube radioactiva no habían envuelto la tierra con su fúnebre velo, la Luna se elevó sobre el horizonte, un globo rojo como la sangre en el cielo profanado.
* * *
El avión tardó dos horas más en aterrizar en Nueva York. Fueron directamente a la sede de Naciones Unidas, donde el Consejo de Seguridad celebraba una reunión a puerta cerrada. En oriente caía la noche y la guerra avanzaba imparable. Las cabezas nucleares se precipitaban sobre la Tierra como frutos maduros e iluminaban el cielo como estrellas fugaces. La destrucción se extendió casi mil kilómetros por el interior de China, mientras que al sur llegaba hasta la ciudad india de Hyderabad. Al oeste y al norte de Pakistán, las gentes de Afganistán, el sudeste de Irán y el sur de Tajikistán reunían a sus familias y tras juntar todo lo que podían cargar a la espalda se batían en rápida retirada, huyendo de la guerra. En pocos días, la climatología local inundaría sus campos, ríos y arroyos con lluvia tóxica.
Pakistán era ya poco más que una tumba abierta. La India había agotado por completo su arsenal. Lo que le quedaba de ejército sobrevivía en pequeños racimos completamente aislados del mando central. La mayoría de los soldados moriría pronto a causa de la radiación. China era la única potencia combatiente que todavía conservaba el control sobre su ejército y no tenía ningún interés en continuar con la guerra.
