
Un instante después pudieron verle con claridad. Llevaba el abrigo y las ropas sucios y hechos jirones. Estaba flaco, pero fornido. En aquellos cuarenta días, el pelo le había crecido hasta taparle las orejas y ahora lucía una espesa barba. Cuando Decker vio su cara, le asombró por un momento el impresionante parecido con el rostro de la Sábana. Aunque con una gran diferencia, no obstante. El semblante de la Sábana destilaba serenidad y aceptación ante la muerte. La expresión de Christopher era la de un hombre decidido a cumplir con su misión.
Milner fue el primero en bajar del jeep. Corrió hasta Christopher y le abrazó. Las palmadas que le dio en la espalda levantaron una pequeña nube de polvo. Christopher se acercó entonces a Decker, que le tendió la mano. Éste la rechazó y en su lugar le estrechó también entre sus brazos. A pesar del mal olor que despedía, Decker prolongó el abrazo durante un buen rato.
– ¿Te encuentras bien? -preguntó Decker-. Estaba preocupado por ti.
– Sí, sí. Estoy bien. -Entonces se giró levemente para dirigirse a Decker y Milner, y continuó-: Ahora lo veo todo con claridad. Formaba parte del plan.
– ¿De qué plan? -preguntó Decker.
– He hablado con mi padre. Quiere que concluya su tarea.
– Te refieres a… ¿Dios? ¿Has hablado con Dios?
Christopher asintió.
– Sí -dijo en voz baja-. Quiere que complete la misión que empecé hace dos mil años. Y voy a necesitar vuestra ayuda.
Decker se sentía como en la cresta de una ola gigante. De repente, su vida tenía más sentido del que jamás pudo imaginar. Había creído lo que Milner le contó sobre el destino de Christopher; de lo contrario, nunca habría dejado a Christopher solo en el desierto. Pero entonces todo había sido teórico. Ahora lo escuchaba de los labios del propio Christopher. Aquél era un momento de inflexión del que no había marcha atrás, no sólo en las vidas de aquellos tres hombres, sino en el transcurso mismo del tiempo. Igual que la venida de Cristo había dividido el tiempo en un antes y un después, ésta se convertiría también en una línea de demarcación a partir de la cual iba a medirse todo lo demás. Éste era sin duda el nacimiento de una Nueva Era. Decker deseó que Elizabeth estuviera viva para compartir el momento con ella.
