
– ¿Qué podemos hacer nosotros? -consiguió decir Decker.
– Debemos regresar a Nueva York de inmediato -contestó Christopher-. Hay millones de vidas en juego.
* * *
Antes de salir de Nueva York, Decker había pedido prestado un jet privado a David Bragford, a quien le contó que era para Milner. Tal y como había planeado, el jet y la tripulación esperaban, cuando Decker, Christopher y Milner llegaron al aeropuerto Ben Gurion. Decker le había traído a Christopher algo de ropa y artículos de afeitado, pero aunque aceptó con gusto la ducha del avión de Bragford y el cambio de ropa, Christopher decidió desechar la maquinilla y conservar la barba.
Mientras degustaba su primera comida en cuarenta días, Decker le resumió todo lo acontecido en la ONU. Luego, Christopher se dedicó a estudiar con suma atención el montón de documentos que Decker había traído para que él examinara.
* * *
A las tres horas de vuelo, uno de los miembros de la tripulación entró en la cabina con un gesto de honda preocupación.
– ¿Qué ocurre? -preguntó Decker.
– Señor -dijo-, el comandante acaba de escuchar el parte de radio. Al parecer, ha estallado la guerra nuclear en la India.
– Llegamos tarde -susurró Christopher para sí al tiempo que hundía el rostro entre las manos.
El miembro de la tripulación continuó.
– La Guardia Islámica Paquistaní ha detonado dos bombas nucleares en Nueva Delhi. Hay millones de muertos.
Permanecieron en silencio, sobrecogidos, durante un buen rato, luego Decker se dirigió a Milner.
– Esto es de lo que hablabas en Jerusalén, ¿verdad?
