
Sentada junto al cuerpo de la joven, aturdida, una niña de tres o cuatro años alzó la vista hacia el vehículo y empezó a gritar. Las bombas no habían sido tan compasivas con ella como con su madre; en los dos o tres días siguientes se iría apagando poco a poco hasta que la vida, finalmente, la dejara ir. La cámara se posó sobre ella durante unos instantes. Tenía la piel cubierta de ampollas abiertas.
Christopher apartó la mirada de la pantalla.
– Yo podía haberlo evitado -dijo.
Sus palabras tardaron un poco en traspasar el espanto y registrarse en la mente de Decker.
– Christopher, no había nada que pudieras hacer -contestó Decker-. Es inútil que te eches la culpa.
– Pero algo sí que podía haber hecho. Antes de salir de Nueva York te dije que Faure iba a hacer algo que desencadenaría una catástrofe, y que nada de lo que yo hiciese podría evitarlo. Pero no era verdad. Había una cosa que sí podía haber hecho. Y ahora, por culpa de mi indecisión, han muerto millones de personas y van a morir muchas más. Incluso después de la guerra seguirán muriendo a causa de la lluvia y el envenenamiento radioactivos. Y si la ONU no acude de inmediato en su ayuda, morirán muchos millones más de hambre y enfermedades.
– Pero es absurdo que te culpes por esto. Si todo es el resultado de alguna decisión de Faure, entonces la responsabilidad es suya y solamente suya.
– Oh, claro que la responsabilidad es enteramente de Faure. Fue él quien restituyó al general Brooks y lo puso de nuevo al mando, y fue él quien indicó a Brooks que lanzara los dos ultimatos. Con el primero, Faure pretendía rematar la guerra a favor de la India. A cambio esperaba obtener el apoyo de Nikhil Gandhi a su candidatura a futuro secretario general.
