
– ¿Estás seguro de lo que dices? -preguntó Decker, incapaz de creer que Faure sacrificase tantas vidas para convertirse en secretario general.
– Lo estoy -repuso Christopher-. No digo que Faure pretendiera desencadenar una guerra nuclear. Pero con su inagotable ansia de poder, su desidia al frente de la OMP y la designación de hombres corruptos, Faure creó el ambiente propicio para una guerra. Luego, en su desesperada carrera por convertirse en secretario general, lanzó a los combatientes uno contra otro.
– Christopher tiene razón -afirmó Milner.
– Faure también es el responsable del asesinato de la embajadora Lee -añadió Christopher-. Y ahora planea el de Yuri Kruszkegin. No hay nada que no sea capaz de hacer con tal de alcanzar sus objetivos. He de detenerle ahora, antes de que haga más daño.
– ¿Y por qué no se limitó a asesinar a Gandhi, en lugar de comprometer tantas vidas? -preguntó Decker, que todavía intentaba asimilar la magnitud de la maldad de Faure.
– La muerte de la embajadora Lee se atribuyó a un accidente -contestó Milner-. Y muchos considerarían la de Kruszkegin una mera coincidencia. Pero nadie atribuiría al azar la muerte de tres miembros permanentes, sobre todo si al poco tiempo Faure consigue la Secretaría General precisamente gracias a la sustitución de esos representantes. Además, el asesinato de Gandhi no iba a librarle de tener que lidiar desde la Secretaría General con los problemas de la India y Pakistán. Era mucho mejor intentar solucionar la guerra lo antes posible a favor de la India y congraciarse con Gandhi que dejar que recayeran sobre él las sospechas de tres muertes prematuras.
