Los días de la furia pasando en torbellino por la trastienda de aquellos ojos que a todas horas debían de andar rebobinando aquella historia que empezó una tarde remota, cuando, después de atravesar medio país huyendo de la guerra, Gustavo Sintora llegó a un hangar en el que había camiones, coches a medio desguazar y unos vehículos cubiertos de lonas y de los que sólo se veían las ruedas. En el primero de los cuadernos dice que llevaba el nombre de mi padre escrito en un papel de estraza, y que era un papel viejo, con dos dobleces y una mancha de aceite en una esquina, un arrebol que hacía de luna o de sol sobre el horizonte corto y estremecido que formaban las letras con el nombre de mi padre: cabo Solé Vera.

El hangar estaba en penumbra y Sintora, delgado como habría de ser siempre pero sin las gafas que yo le conocí y que le aumentaban los ojos como si viviera inmerso en un asombro permanente, caminaba sin apenas atreverse a pisar el suelo, viendo cómo los objetos y los camiones se le hacían borrosos a medida que se iba acercando a ellos. También él fantasma de sí mismo, espectro del adolescente que hacía poco había dejado de ser y anticipo del hombre en el que estaba a punto de convertirse. Yo tenía miedo de las telas, dice su letra pequeña y apretada, yo tenía miedo de los camiones y de aquellas ruedas que asomaban debajo de los trapos, algunas con dientes negros, de lobo negro. Y los dientes me miraban como si en vez de dientes fueran ojos. Tenía muchos miedos, miedo de los pasos que dejaba a mi espalda y de los que quedaban ante mí, miedo del silencio y miedo del aire, que podía ser un veneno, o una voz, una voz que dijera mi nombre como quien nombra a un muerto. Miedo del nombre que llevaba escrito en el papel de estraza y que era el nombre de alguien que tendría voz y dientes, y unos ojos, quizá de lobo, que pronto iban a mirarme. Sin saber cómo.



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