– ¿Y dices tú que no? ¿Arte? Cosa de maricones. Gitano. Mira, mira qué forma de bailar.

La voz llegaba de detrás de un camión, amortiguada por los trapos y proveniente de una zona iluminada.

– Mira tú.

Era la misma voz, y nadie le respondía.

– Por muchos toros que maten, estos tíos van a ser siempre unos mariconasos.

Sintora, al rodear el camión, en medio de la zona iluminada por los faros de otro vehículo, vio a un hombre alto, vestido de modo estrafalario con chaqueta y calzón de torero y dando un capotazo, toreando el aire muy despacio.

– Mira, mira. Y luego se mueven así, como si tuvieran un palo metido por el culo -dijo el tipo aquel mientras acababa de dar su pase al viento.

Avanzó dos pasos más y vio a los dos hombres a los que les estaba hablando el que iba vestido de torero. Uno gordo y con la cara congestionada, como si estuviera haciendo un esfuerzo que nadie sabía cuál era, y el otro delgado, con una gorra de plato torcida en la cabeza y con los labios estirados por una sonrisa que no acababa de asomarle a la boca, recostado contra el guardabarros de un camión. Era mi padre, el cabo Solé Vera, que llevaba un chaquetón de cuero desabrochado y entre los dedos jugueteaba con un cigarro sin encender. El cabo, mi padre, pasó la vista por Sintora, pero fue como si no la hubiera pasado, porque lo que hizo a continuación fue mirar el cigarro que tenía entre los dedos, por ver si el cigarro le decía algo, como preguntándole, como se mira a un amigo o a un cómplice que está a punto de confesarnos un secreto. Y luego levantó los ojos y le dijo al que toreaba el aire que ya era tarde y tenían que irse, como si el cigarro en vez de un cigarro o un amigo hubiera sido un reloj que acabase de decirle la hora.

– Y luego se colocan esto en la cabesa -seguía hablando el del capote, poniéndose una montera-. Se les pone cara de hospital, mira, con la cosa esta.



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