De reojo, miraba Sintora los ojos de huevo del ayudante de mi padre y los terrenos destruidos que iban atravesando, tapias con carteles y troneras, descampados, paisajes sin árboles. Nadie hablaba y a nadie parecía importarle Gustavo Sintora ni de qué modo había llegado a Madrid. No era más que una brizna de paja flotando en el torrente alocado de la guerra. Así se había visto en la carretera de Almería, su familia llevada por el río de la gente y las tropas que se batían en retirada, huyendo de Málaga. Muebles, lebrillos, un piano, animales, colchones, niños y soldados viajando a paso lento en las cajas abarrotadas de los camiones. Baúles destripados, sillas y muertos por la carretera.

Sintora se perdió de su familia en medio de un bombardeo. Los proyectiles venían del mar, de un barco diminuto y gris que apuntaba sus cañones hacia la costa mientras que del cielo bajaban los aviones acariciando las copas de los árboles, rozándolos para ametrallar soldados, lámparas, mulos, muertos y camiones. Todo ardía o parecía que iba a arder, todo me decía que al instante siguiente ya no iba a estar allí, nada iba a estar, ni el fuego, ni el tiempo, ni yo, ni siquiera mi esqueleto. Yo era una bocanada de viento que corría entre las rocas, por entre las ramas de los matorrales que me arañaban las piernas sin dolor. Yo era el viento y yo vi la cara de un hombre que me miraba con los ojos muy abiertos y oí que un árbol me hablaba y me dijo soy la muerte, y todo era una lámina, la vida era un papel que alguien estaba a punto de echar en medio de una hoguera, escribió Sintora.

Cuando dejaron de pasar los aviones fue caminando por entre los grupos que se arremolinaban alrededor de la carretera. Buscaba a su familia, a la hermana pequeña que al empezar el ataque llevaba de la mano. Decía el nombre de la niña como si estuviera dentro de un sueño, lo murmuraba y luego lo gritaba y lo volvía a susurrar.



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