– Y tú, Ansaura, ya tendrías que saberlo.

– ¿Lo qué? -miró indignado Ansaura, el Gitano, al cabo.

– ¿Lo qué? Que la guerra entera es el coño de la Charito.

Y aquellos hombres, uno negro, otro vestido de torero y cojeando por la angostura del traje, uno que resoplaba con el ruido de un elefante marino y mi padre, que era cabo y se llamaba Solé Vera, subieron a aquellos camiones que tenían unas letras, UHP, pintadas en las puertas. Y los motores de los camiones y los camiones enteros empezaron a temblar, y sus ruedas, que no estaban llenas de dientes ni eran ojos de lobo, comenzaron a dar vueltas. Y Gustavo Sintora iba con ellos.

La guerra, la guerra era un laberinto de mujeres vestidas de negro, de perros perdidos y niños que jugaban a la guerra, de niños que jugaban a los muertos, a ser muertos como su vecino al que le había caído un cascote de metralla mientras tomaba una sopa con restos de patatas y anguila o pagel o rodaballo, un pez que asomaba su raspa entre el caldo naranja, un estanque tintado de pimentón o sangre. Un pez que no nadaba, que miraba con su ojo muerto los ojos muertos del vecino, el trozo gris de metralla del que goteaba una sangre espesa y oscura, lenta, vaga, aburrida la sangre de tanta guerra, de tanto fluir por cabezas, pechos y espaldas, cansada de salpicar paredes, mesas, árboles, adoquines y tapias. La guerra era una soledad con bombas, voces y banderas, una soledad de niños y de muertos. De ojos, de peces sin vida. Un relámpago que estallaba dentro de mi cabeza. La guerra era yo.

Gustavo Sintora, quizá vislumbrando en su mente aquello que tiempo después escribiría, viajaba en el camión que conducía mi padre, apretado entre Doblas y la puerta contra la que lo exprimía su respiración recia y profunda.



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