
La puerta se abrió con un malhumorado gemido. La señora Brenningen se sobresaltó y puso un dedo en el libro, después de las palabras «sobrepeso probable». El inspector Sejer entró en la recepción acompañado por una mujer que no presentaba buen aspecto; tenía la barbilla reventada, la gabardina y la falda desgarradas y sangraba por la boca. La señora Brenningen no solía inmutarse; llevaba casi diecisiete años en la recepción del Juzgado y había visto entrar y salir a toda clase de gente, pero en ese momento se quedó mirando con descaro y cerró el libro, tras poner como señal un viejo folleto de horarios de autobuses. Sejer cogió por un brazo a la mujer y la condujo al ascensor. Ella iba con la cabeza gacha. Y se cerraron las puertas.
Sejer tenía un rostro hermético. Era imposible adivinar lo que pensaba. Le hacía parecer algo hosco, aunque en realidad sólo era reservado, y tras su severa expresión se escondía un espíritu afable. Pero no derramaba cálidas sonrisas, las usaba sólo como preámbulo, cuando quería acceder a la gente, y los elogios los tenía reservados para unos pocos. Cerró la puerta y señaló con la cabeza una de las sillas, cortó medio metro de papel de secar del rollo que había encima del lavabo, lo mojó en agua caliente y se lo dio a la mujer. Ella se secó la boca y miró a su alrededor. Era un despacho muy austero, salvo los dibujos infantiles que colgaban de la pared y una figurita de miga de pan sobre la mesa, que revelaban que el policía también tenía una vida fuera de esas desnudas paredes.
