
– ¿Tienes miedo a los perros? -preguntó amablemente.
La mujer levantó la cabeza.
– Antes quizá. Ya no.
Hizo una bola con el papel.
– Antes todo me daba miedo. Ahora ya no temo a nada.
Capítulo 2
El río fluía velozmente por el paisaje, dividiendo la helada ciudad en dos témpanos grises y temblorosos. Era abril y hacía frío. Justo al llegar al centro de la urbe, más o menos a la altura del Hospital Provincial, el río empezaba a rugir y a quejarse, como si el ajetreo del tráfico y el ruido de las fábricas de las orillas le produjera estrés. Serpenteaba y se retorcía en corrientes cada vez más fuertes cuanto más se adentraba en la ciudad. Pasaba por el viejo teatro y la Casa del Pueblo, discurría a lo largo de las vías del tren y la plaza, llegaba a la vieja Bolsa, convertida en un restaurante McDonald's, luego pasaba por la fábrica de cerveza, la más antigua del país, que era de un hermoso color gris pastel, los almacenes Cash & Carry, el puente de la autovía, una gran zona industrial con varias tiendas de automóviles, hasta llegar por fin a la vieja taberna junto a la carretera. En ese punto, el río respiraba por última vez antes de lanzarse al mar.
Era por la tarde, el sol se estaba poniendo, y en pocos instantes la fábrica de cerveza dejaría de ser un coloso aburrido para transformarse en un castillo de hadas con miles de luces reflejándose en el río. Esa ciudad no se volvía hermosa hasta el anochecer.
