
Eva seguía con la vista a la niña, que iba corriendo por la orilla. Las separaban unos diez metros; ella se cuidaba de no aumentar la distancia. El día era gris y había poca gente por los senderos; un golpe de viento frío y húmedo se elevó del turbulento río. Eva miraba si había gente con perros, y cuando descubría alguno suelto, no respiraba tranquila hasta haberse alejado de él. En ese momento no veía ninguno. La falda revoloteaba sobre sus piernas y el viento le traspasaba el jersey, por lo que caminaba con los brazos alrededor del cuerpo. Emma andaba a paso ligero delante de ella, sin mucha gracia. Pesaba demasiado. Una niña regordeta, con la boca grande y el rostro anguloso. Era pelirroja, los cabellos iban golpeándole la nuca, y la humedad del aire hacía que parecieran sucios. No era en absoluto una niña guapa o agraciada, pero ella lo ignoraba, y por eso caminaba despreocupada, dando torpes saltitos, con esas ganas de vivir que sólo se aprecian en los niños. Faltan cuatro meses para que empiece el colegio, pensó Eva. Algún día, la niña se vería reflejada en los rostros críticos del patio, vería por primera vez su fealdad. Pero si era fuerte, si se parecía a su padre, ese hombre que había encontrado a otra mujer, había hecho el equipaje y se había marchado, entonces nunca repararía en ello. En eso iba pensando Eva Magnus. En eso, y en la gabardina que estaba colgada en un perchero, a la entrada de su casa.
Eva conocía cada punto del sendero, lo habían recorrido innumerables veces. Emma siempre estaba dispuesta, no quería renunciar a la vieja costumbre de pasear por la orilla del río. Eva podía muy bien prescindir de ello. De vez en cuando, la niña desaparecía hacia el borde del agua, porque descubría algo que tenía que investigar más de cerca. Eva la observaba con ojos de gavilán. Si Emma se caía al río, no habría nadie más que ella para salvarla. El río era muy caudaloso, el agua estaba helada y la niña pesaba mucho. Se estremeció.
