—Lev, ¿me oyes?

—Estaba entretenido con un no-sé-qué. —Se incorporó y se reunió con Andre al otro lado del círculo de árboles.

—Martin cree que esta noche podríamos llegar a casa.

—Ojalá esté en lo cierto —replicó Lev.

Recogió su mochila y se puso al final de la hilera de siete hombres. Partieron en fila india y no hablaron, salvo cuando alguien situado más abajo gritaba para señalar al guía un camino que podía resultar menos difícil o cuando el segundo de la fila, que portaba la brújula, decía al guía que torciera a derecha o a izquierda. Se dirigían hacia el sudoeste. Aunque la marcha era apacible, no había senderos ni indicaciones. Los árboles del bosque crecían en círculo: de veinte a sesenta ejemplares formaban un anillo alrededor de un espacio central despejado. En los valles que surcaban las colinas, la vegetación de los círculos era tan densa, con los árboles a menudo entrelazados, que para avanzar los viajeros se veían obligados a abrirse paso en la maleza, entre troncos oscuros y tupidos, a atravesar sin dificultad la hierba mullida del círculo iluminado por el sol y una vez más las sombras, el follaje, las ramas y los troncos apretados. En las laderas los círculos aparecían más espaciados y por momentos surgía una extensa panorámica de valles sinuosos, interminablemente salpicados de los apacibles e irregulares círculos rojos de los árboles.

A medida que caía la tarde, la neblina empañaba el sol. Hacia el oeste las nubes se espesaron. Caía una lluvia fina y ligera. El tiempo era benigno, sin viento. Los torsos desnudos de los viajeros brillaban como si estuvieran aceitados. Las gotas de lluvia pendían de sus cabellos. Siguieron avanzando, dirigiéndose tenazmente hacia el sudoeste. La luz se tornó más gris. El aire pendía, brumoso y oscuro, en los valles y en los círculos arbóreos.



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