
El guía Martin coronó una elevación prolongada y pedregosa, se volvió y los llamó. Ascendieron uno tras otro y se reunieron con él en la cresta de la loma. A los pies del cerro un río ancho brillaba incoloro entre las oscuras orillas.
Grapa, el mayor, fue el último en llegar a la cima y se detuvo a contemplar el río con cara de profunda satisfacción.
—Hola —murmuró como si se dirigiera a un amigo.
—¿Qué dirección deberíamos tomar para llegar a las canoas? —preguntó el muchacho de la brújula.
—Aguas arriba —respondió Martin, titubeante.
—Aguas abajo —propuso Lev—. ¿Aquello que se ve al oeste no es el punto más elevado de la loma?
Parlamentaron unos instantes y decidieron dirigirse río abajo. Antes de reanudar la marcha, permanecieron un rato silenciosos en la cresta de la loma, desde la que disfrutaban de una panorámica del mundo más amplia que la que habían visto en muchas jornadas. Al otro lado del río la arboleda se extendía hacia el sur en interminables vericuetos formados por los anillos entrelazados bajo las nubes estáticas. Hacia el este, río arriba, el terreno se elevaba abruptamente; hacia el oeste, las aguas caracoleaban en superficies grises entre las colinas más bajas. En los tramos en que no se divisaba, un brillo tenue cubría el río, un atisbo de sol en alta mar. Hacia el norte, a espaldas de los viajeros, las estribaciones arboladas, los días y los kilómetros de su travesía se ensombrecían en medio de la lluvia y la noche. En ese inconmensurable y sereno paisaje de colinas, bosque y río, no se percibía el menor hilillo de humo, ni casas ni caminos.
Torcieron hacia el oeste siguiendo la cresta de la loma. Aproximadamente un kilómetro más adelante Bienvenido, el chico que ahora iba a la vanguardia, lanzó un grito y señaló dos astillas negras en la curva de una playa de guijarros: los botes que habían varado muchas semanas atrás.
