
Descendieron hasta la cala deslizándose y gateando por la pronunciada loma. Aunque la lluvia había cesado, junto al río todo parecía más oscuro y frío.
—Pronto caerá la noche. ¿Acampamos? —preguntó Grapa con tono vacilante.
Contemplaron la masa gris del río serpenteante, cubierta por el cielo plomizo.
—Habrá más luz en el agua —dijo Andre y sacó los zaguales de debajo de una de las canoas varadas boca abajo.
Una familia de murciélagos con saco abdominal había anidado entre los zaguales. Las crías apenas desarrolladas daban saltitos, correteaban por la playa y chillaban taciturnas, mientras los exasperados padres se lanzaban tras ellas en picado. Los hombres rieron y cargaron a hombros las canoas ligeras.
Las botaron y partieron en las embarcaciones con capacidad para cuatro personas. Cada vez que se elevaban, los zaguales reflejaban la luz fuerte y clara de poniente. En medio del río el cielo parecía más claro y más alto, y ambas márgenes daban la impresión de ser bajas y negras.
Uno de los tripulantes de la primera canoa entonó la canción y dos o tres voces de la segunda hicieron el coro. En torno al cántico suave y breve se extendía el silencio de la inmensidad, lo mismo que por debajo y por encima, por delante y por detrás.
Las orillas se tornaron más bajas, más distantes, más inciertas. Ahora navegaban por un mudo torrente gris de ochocientos metros de ancho. El cielo ennegrecía cada vez que lo miraban. A lo lejos, al sur, brilló un punto de luz remoto pero claro, rompiendo la añosa oscuridad.
En las aldeas nadie estaba despierto. Se acercaron a través de los arrozales, guiados por los faroles oscilantes. En el aire se percibía el denso aroma del humo de turba. Silenciosos como la lluvia, avanzaron calle arriba, entre las pequeñas casas dormidas, hasta que Bienvenido gritó:
