—¿Has visto a Vientosur?

—Sí. No puedo…

Se aferró un minuto a su padre y la mano firme y delgada le acarició el brazo. La luz de la antorcha se difuminó y le escocieron los ojos. Cuando se soltó, Sasha, sin pronunciar palabra, retrocedió para observarlo con sus ojos oscuros y profundos y la boca oculta tras un bigote cano e hirsuto.

—Papá, ¿cómo estás? ¿Lo has pasado bien?

Sasha asintió.

—Estás cansado, vamos a casa. —Mientras caminaban calle abajo, Sasha preguntó—: ¿Encontraron la tierra prometida?

—Sí. Es un valle, el valle de un río. Está a cinco kilómetros del mar. Tiene todo lo que necesitamos. Y es bellísimo…, las montañas que lo coronan…, cordillera tras cordillera, cada vez más altas, más altas que las nubes, más blancas que… Es increíble cuán alto hay que mirar para ver las cumbres más elevadas. —Había dejado de caminar.

—¿Hay montañas en el medio? ¿Y ríos? —preguntó Sasha. Lev dejó de contemplar las cumbres altas y quiméricas para mirar a su padre a los ojos—. ¿Hay obstáculos suficientes que nos protejan de la persecución de los Jefes?

Segundos después, Lev sonrió y replicó:

—Tal vez.


Como la recolección del arroz de los pantanos estaba en pleno apogeo, la mayoría de los campesinos no pudo asistir, si bien todas las aldeas enviaron un hombre o una mujer al Arrabal para que oyeran el relato de los exploradores y los comentarios de la gente. Era de tarde y aún llovía; la gran plaza abierta de delante del Templo estaba atestada de paraguas confeccionados con las hojas anchas, rojas y semejantes al papel del árbol de la paja. Bajo los paraguas, la gente permanecía de pie o se arrodillaba en las esteras de hojas puestas sobre el barro, cascaba frutos secos y charlaba hasta que por fin la pequeña campana de bronce del Templo hizo talán-talán; en ese momento todos miraron hacia el atrio, desde el cual Vera estaba a punto de dirigirles la palabra.



6 из 153