Era una mujer esbelta, de pelo gris acerado, nariz delgada y ojos ovalados y oscuros. Su voz sonó fuerte y clara y mientras pronunció su discurso no hubo más sonido que el calmo repiqueteo de la lluvia y, de vez en cuando, el gorjeo de un chiquillo rápidamente acallado.

Vera celebró el regreso de los exploradores. Se refirió a la muerte de Timmo y, fugaz y serenamente, al propio Timmo, tal como lo había visto el día de la partida. Mencionó los cien días de la expedición a través de la inmensidad. Dijo que habían levantado el mapa de una gran zona al este y al norte de Bahía Songe y que habían encontrado lo que buscaban: el lugar para un nuevo asentamiento y el modo de llegar hasta él.

—A muchos de los presentes nos desagrada la idea de un nuevo asentamiento tan alejado del Arrabal —afirmó—. Entre nosotros se encuentran algunos vecinos de la Ciudad que quizá deseen participar de nuestros proyectos y discusiones. Tenemos que evaluar la cuestión en su totalidad y analizarla libremente. Dejemos que Andre y Lev hablen en nombre de los exploradores y que nos cuenten lo que vieron y encontraron.

Andre, un treintón fornido y tímido, describió la travesía hacia el norte. Su voz era suave y, a pesar que no tenía facilidad de palabra, la muchedumbre escuchó con profundo interés su descripción del mundo allende los campos perfectamente conocidos. Algunos de los que se encontraban en las últimas filas estiraron el cuello para divisar a los hombres de la Ciudad, de cuya presencia Vera había avisado amablemente. Estaban cerca del atrio y formaban un sexteto vestido con jubones y botas altas: guardaespaldas de los Jefes, cada uno con su larga espada enfundada en el muslo y un látigo metido en el cinto, primorosamente enroscada la tira de cuero.



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