Él no se llamaba a engaño; sabía que la partida estaba perdida, que lo más prudente habría sido seguramente no comenzarla, y que el sueño de Saddam Husein se había acabado de una vez por todas. Como hombre de negocios estaba acostumbrado a sopesar probabilidades, y no le concedía ninguna a Iraq en la campaña terrestre que tarde o temprano tendría que empezar.

Distaba mucho de quedar arruinado en términos de fortuna personal. Le quedaban sus intereses petroleros en Estados Unidos, y su doble nacionalidad francesa e iraquí convertía una posible confiscación en un asunto bastante delicado. Estaba además su imperio naviero y sus numerosas propiedades inmobiliarias en varias capitales repartidas por todo el mundo. Pero no era eso lo que más le importaba. Cada vez que ponía en marcha el televisor y veía lo que estaba ocurriendo todas las noches en Bagdad montaba en cólera, pues se había descubierto un patriotismo, aunque sincero, sorprendente en un hombre tan atento a sus propios intereses. Además, y esto era mucho más importante, su padre había muerto durante uno de los bombardeos, la tercera noche de la guerra aérea.

Había un gran secreto en su vida. En agosto, poco después de la invasión de Kuwait por las fuerzas iraquíes, Saddam Husein en persona le hizo llamar. En aquellos momentos, mientras miraba junto a la ventana, y con la copa de coñac en la mano, la lluvia que azotaba la terraza y más allá, el parque, recordaba aquella entrevista.


Por estar realizándose un simulacro de alarma aérea, las calles de Bagdad que recorría el Land Rover del ejército se hallaban completamente a oscuras. El conductor era un joven capitán del servicio de información militar, llamado Rashid, a quien ya conocía de otras ocasiones. Era uno de los de la nueva generación, diplomado por la academia británica de Sandhurst. Aroun le ofreció un cigarrillo inglés y encendió otro para sí mismo.

– ¿Qué te parece? ¿Crees que habrá alguna reacción?



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