
– ¿De los americanos y los ingleses? -Rashid tomaba sus precauciones-. ¡Quién sabe! Algo habrá. Creo que el presidente Bush va a optar por la postura fuerte.
– No; estás equivocado -replicó Aroun-. He hablado con él personalmente dos veces, en recepciones de la Casa Blanca. Es lo que nuestros amigos yanquis llaman un buen muchacho. No hay acero en ese carácter.
Rashid se encogió de hombros.
– Yo soy un hombre sencillo, señor Aroun, un simple soldado, y quizá veo las cosas de un modo algo simplista. Sólo sé que estamos hablando de un hombre que fue piloto de la marina a los veinte, que participó en muchas operaciones, que fue derribado sobre el mar del Japón y logró sobrevivir y ganar una condecoración. Yo no subestimaría a un hombre así.
Aroun frunció el ceño.
– ¡Vamos, hombre! Los americanos no enviarán un ejército al otro extremo del mundo para defender un insignificante emirato árabe.
– ¿No fue eso exactamente lo que hicieron los británicos para defender sus islas Falkland?
– Condenada mujer -se limitó a replicar Aroun, arrellanándose en el asiento mientras el coche enfilaba la entrada principal del palacio presidencial, y sintiendo el comienzo de una súbita depresión.
Siguió a Rashid por una sucesión de pasillos de marmóreo boato. El joven militar le precedía con una linterna en la mano. Era fantasmagórica aquella procesión por corredores a oscuras, donde los pasos adquirían una resonancia sepulcral. Finalmente se detuvieron ante una puerta flanqueada por dos guardias. Rashid abrió, y ambos entraron.
Saddam Husein, a solas, de uniforme y sentado detrás de un voluminoso escritorio alumbrado por una única lámpara apantallada, escribía con lenta aplicación. En seguida alzó los ojos y sonrió, abandonando la pluma.
– Michael -salió al encuentro del visitante para abrazar a Aroun como a un hermano-. ¿Cómo está tu padre? ¿Se encuentra bien?
