
Era un establecimiento típico de aquella orilla: media docena de mesas, mostrador forrado de cinc, hileras de botellas delante de un espejo rajado, una cortinilla de abalorios en la entrada de la trastienda.
El camarero, un vejestorio de canoso bigote que cubría su camisa sin cuello con una chaqueta de lana, friolero, dejó a un lado la revista que estaba leyendo y abandonó el taburete.
– ¿Monsieur?
Dillon se desabrochó el chaquetón y puso el gorro sobre la barra. Era un hombre menudo, de poco más de metro sesenta y cinco, rubio y con unos ojos en los que el camarero no logró discernir ningún color determinado, excepto que eran los más fríos que el anciano había visto en su larga vida. Se estremeció, víctima de un temor inexplicable, pero luego Dillon sonrió. El cambio fue asombroso; con un simple rictus manifestaba calor humano y una simpatía enorme. Al fin dijo en perfecto francés:
– ¿Se encontraría en este local media botella de champaña o algo parecido?
El viejo se quedó mirándole con asombro.
– ¿Champaña, señor? Lo dirá en broma. Sólo tengo los vinos de la casa, uno blanco y uno tinto.
Colocó sendas botellas sobre la barra. Eran vinos de ínfima categoría, de los que llevan una cápsula de plástico en vez de tapón de corcho.
– Muy bien, quiero el blanco. Déme un vaso -dijo.
Después de cubrirse otra vez con su gorra, fue a ocupar una mesa junto a la pared, desde donde veía tanto la puerta de entrada como la cortinilla de la trastienda. Destapó la botella, escanció un poco de vino en el vaso y lo probó.
– Será de la cosecha de la semana pasada, digo yo -se volvió hacia el camarero.
– ¿Monsieur? -repitió el camarero afectando no comprender.
– No importa -Dillon encendió otro cigarrillo y se arrellanó en la silla, dispuesto a esperar.
