Detrás de la cortina de la trastienda, mirando hacia fuera, un cincuentón de estatura mediana y facciones algo demacradas levantaba el cuello de piel de su abrigo negro como defensa contra el frío. La prenda y el Rolex de oro en la muñeca izquierda le daban aspecto de comerciante próspero, lo que en cierto sentido era, ya que se trataba de un agregado comercial de la embajada soviética en París. Además Josef Makeiev era coronel del KGB.

A su lado y mirando por encima del hombro del otro, un joven moreno llamado Michael Aroun, que lucía un fastuoso abrigo de vicuña, susurraba en francés:

– Esto es ridículo, Ése no puede ser nuestro hombre; parece un don nadie.

– Craso error, Michael, que muchos han cometido antes que tú -replicó Makeiev-. Espera y verás.

Sonó la campanilla al abrirse la puerta, y con un golpe de lluvia entraron los dos hombres que habían permanecido emboscados afuera mientras cruzaba Dillon. Uno de ellos tendría más de metro ochenta de estatura, barbudo, con la cara desfigurada por una cicatriz sobre el ojo derecho. El otro era mucho más bajo. Ambos vestían chaquetón marino y vaqueros. Parecían exactamente lo que eran, unos buscavidas.

El camarero se inquietó un poco al verlos de codos sobre la barra.

– Tranquilo, viejo -dijo el más joven-. Sírvenos unas copas.

El grandullón se volvió hacia Dillon.

– Creo que ya están servidas -se acercó a la mesa, apoderándose del vaso de Dillon, y lo vació de un trago-. Nuestro amigo no tendrá inconveniente, ¿a que no?

Sin levantarse, Dillon alzó la pierna izquierda y pateó con fuerza la rodilla del barbudo, tirando hacia abajo. El hombre cayó con un grito ahogado, tratando de sujetar el tablero de la mesa, y Dillon se puso en pie. El barbudo quiso incorporarse y cayó derrumbado en una de las sillas. Su amigo sacó la mano del bolsillo y accionó el resorte de su navaja automática, pero entonces apareció la mano de Dillon esgrimiendo la Walther PPK.



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