– Parece peligrosa de veras -dijo Pierre.

– Cartuchos de siete coma dos milímetros, mezclando trazadoras y perforadoras de blindaje -explicó Dillon-. Desde luego es un arma de cuidado la Kalashnikov. Con una de ésas yo he visto hacer pedazos un Land Rover cargado de paracaidistas británicos.

– ¿De veras? -dijo Pierre, y cuando Gaston fue a decir algo le impuso silencio tocándole el brazo con la mano-. ¿Qué hay en la otra caja?

– Más munición.

Dillon sacó del petate la manta, cubrió con ella la ametralladora y luego cerró la puerta trasera con la llave. A continuación se puso al volante, arrancó y maniobró con la camioneta varios metros, hasta dejarla con la trasera apuntando hacia el cruce. En seguida se apeó y cerró con llave la puerta. Las nubes cubrieron la Luna y empezó a llover, aunque esta vez más nieve que agua.

– ¿Así que piensa dejarla aquí? ¿Y si se fija alguien? -preguntó Pierre.

– En efecto, ¿qué pasaría entonces? -Dillon se arrodilló junto a la rueda posterior del lado de la carretera, sacó del bolsillo una navaja y tras accionar el muelle pinchó el neumático cerca de la llanta. Salió el aire con un silbido y el neumático quedó plano en seguida.

Gaston asintió.

– Muy hábil. Si alguien repara en ella, creerá que está averiada.

– Pero, ¿y nosotros? -preguntó Pierre-. ¿Qué quiere que hagamos?

– Muy sencillo. A las dos de la tarde Gaston se presenta con la Renault blanca y la deja cruzada en la carretera. No en la vía, ¡ojo!, sólo bloqueando la carretera. Se apea, echa la llave y se larga a toda velocidad, dejándola abandonada -se volvió hacia Pierre-. Tú, que le habrás seguido en otro coche, le recoges y os volvéis a París sin pérdida de tiempo.



25 из 249