
Salieron de París en dos camionetas Renault idénticas, excepto en que la una era negra y la otra blanca. Gaston abría camino, mientras Dillon viajaba en el asiento del acompañante y Pierre los seguía con el otro vehículo. Hacía mucho frío y seguía cayendo aguanieve, aunque no llegaba a cuajar. Apenas hablaron; Dillon se arrellanó en el asiento con los ojos cerrados para que el francés creyera que iba dormido.
No lejos de Choisy la camioneta patinó y Gaston soltó un juramento mientras luchaba con el volante.
– Tranquilo, hombre. No nos conviene ir a parar a la cuneta. ¿Dónde estamos?
– Acabamos de tomar la desviación hacia Choisy. Falta poco.
Dillon se incorporó. Había nieve en las cunetas pero no en la calzada.
– Cochina noche -dijo Gaston-. ¡Hay que ver!
– Recuerda esos hermosos billetes de cien dólares -le recordó Dillon-. Eso te ayudará a soportarla.
Al poco dejó de nevar y se aclaró el cielo, asomando la media luna. Al coronar una loma vieron abajo el semáforo del paso a nivel. Junto a éste se alzaba un barracón en desuso, las ventanas tapadas con tablones y un montón de adoquines delante, cubiertos de nieve en polvo.
– Para aquí -ordenó Dillon.
Gaston obedeció y frenó en el lugar indicado cortando al mismo tiempo el contacto. Pierre detuvo la camioneta blanca al lado y se apeó no sin dificultad, debido a la pierna artificial, para reunirse con ellos.
Dillon contempló la encrucijada desde una veintena de metros de distancia y asintió.
– Perfecto. Dame las llaves.
Gaston lo hizo y el irlandés abrió la puerta trasera de la furgoneta. Allí estaba el petate de hule; abrió la cremallera mientras sus acompañantes miraban, extrajo la Kalashnikov, montó el cañón con pericia y puso el arma en posición apuntando hacia la trasera del vehículo. Luego acercó el cajón de las municiones y montó la cinta.
