
– Y Makeiev y el KGB, ¿qué tienen que ver?
– Digamos que están de nuestro lado.
– Según están saliendo las cosas en el golfo, falta os hace tener a alguien de vuestro lado, muchacho -se oyó la tenue vibración de una voz en el teléfono portátil-. Vamos, contéstale.
– ¿Dónde está nuestro hombre, Rashid? -le preguntó Makeiev.
– Aquí mismo, al lado de un café de la orilla, cerca de Nôtre Dame -explicó Rashid-. Con la boca del cañón de su Walther apoyada en mi oreja.
– Que se ponga -ordenó Makeiev.
Rashid le pasó el aparato a Dillon, que dijo:
– ¿Qué pasa, viejo sinvergüenza?
– Un millón, Sean. En libras, si prefieres esa moneda.
– ¿Qué hay que hacer a cambio de tanto dinero?
– El trabajo más importante de tu vida. Deja que Rashid te acompañe hasta aquí y lo discutimos.
– No creo -replicó Dillon-. Preferiría que movieras el trasero y te pasaras por aquí a recogernos.
– Hecho -dijo Makeiev-. ¿Dónde estáis?
– En la orilla izquierda, frente a Nôtre Dame. En una taberna del malecón que se llama Le Chat Noir. Te esperamos.
Mientras se guardaba la Walther en el bolsillo, le devolvió el teléfono a Rashid, quien preguntó:
– ¿Viene?
– Naturalmente -sonrió Dillon-. Y ahora, ¿qué te parece si entramos y nos tomamos unas copas cómodamente sentados?
En el salón del piso principal de un inmueble de la avenida Victor Hugo que daba al Bois de Boulogne, Josef Makeiev colgó el teléfono y se encaminó hacia el sofá en donde había dejado el abrigo.
– ¿Era Rashid? -preguntó Aroun.
– Sí, está con Dillon en un local junto al río ahora. Voy a recogerlos.
– Te acompaño.
Makeiev se puso el abrigo.
– No es necesario, Michael. Tú quédate aquí vigilando la casa. No tardaremos.
Y salió, mientras Aroun tomaba un cigarrillo de la tabaquera de plata que estaba sobre la mesita y lo encendía. Luego puso en marcha la televisión. Estaban dando las noticias, en directo desde Bagdad. Los bombarderos Tornado de la Royal Air Force británica atacaban la capital en vuelo rasante. Saboreó la amargura de la impotencia, apagó el aparato y, tras servirse un coñac, fue a sentarse junto a la ventana.
