Sonrió mientras el Mercedes se unía a la caravana que enfilaba hacia el Arco del Triunfo.

– Espera y verás. Recibiremos noticias a través de Rashid.


En aquellos momentos el capitán Ali Rashid se hallaba a orillas del Sena, al final de un pequeño malecón que daba directamente al río. Seguía lloviendo a raudales agua mezclada con barro; Nôtre Dame iluminada por los focos parecía pintada en una pantalla de gasa. Contempló a Dillon, que venía por el estrecho malecón y enfilaba hacia un barracón edificado sobre pilotes. Esperó a que el otro entrase y luego le siguió.

Era un local bastante vetusto, hecho de madera y rodeado de barcas, barcazas y botes de todas clases y tamaños. Sobre la puerta, una enseña decía: Le Chat Noir. Miró con disimulo por la ventana. Había una barra y varias mesas, casi exactamente igual que en el establecimiento anterior, sólo que allí servían comidas y, al fondo, un tipo sentado en un taburete tocaba el acordeón. Todo muy parisién. Dillon estaba de pie junto a la barra hablando con una muchacha.

Rashid se hizo prudentemente atrás, regresó a la entrada del malecón y, deteniéndose al abrigo de una breve marquesina, marcó en su teléfono portátil el número de la casa de Aroun en la avenida Victor Hugo.

Se oyó un ligero clic al amartillar la Walther y en seguida Dillon le metió el cañón por la oreja derecha, lo que resultaba no poco doloroso.

– Sólo un par de preguntas, muchacho -exigió-. Para empezar, ¿tú quién eres?

– Me llamo Rashid, Ali Rashid -dijo el joven.

– ¿Eres de la OLP, supongo?

– No, señor Dillon. Soy capitán del ejército iraquí, con la misión de escoltar al señor Aroun.



7 из 249