»Ignoro en cuántas ocasiones he tenido malaria. A veces los ataques son violentos, como ahora, otras veces más leves, con la sombra de la fiebre pasando rápidamente por mi rostro. La fiebre me seduce, quiere engañarme, produce nieve a pesar de que la temperatura supera los treinta grados. Pero yo estoy todavía en África, no me he movido de aquí desde que llegué y salí del avión en Lusaka. Iba a quedarme unas semanas, pero se han prolongado. Y ésta es la verdad, no que esté nevando.»

Respira de forma agitada y siente cómo la fiebre recorre su cuerpo haciéndolo retroceder en el tiempo hasta llevarlo al punto de partida, a esa madrugada de hace dieciocho años en la que sintió por primera vez el sol africano sobre su rostro.

De pronto, a través de la neblina de la fiebre surge un momento de gran claridad, un paisaje de contornos afilados y nítidos. Se quita de la cara una cucaracha grande, que avanzaba a ciegas con sus antenas dirigidas hacia uno de sus orificios nasales, y se ve a sí mismo de pie ante la puerta de entrada del gran reactor, en lo más alto de la escalerilla.

Recuerda que su primera impresión de África fue que, debido a los rayos del sol, el cemento de la pista de aterrizaje se veía totalmente blanco. Después un olor, algo amargo, a una especia desconocida o a carbón vegetal.

«Así fue», piensa. «Ese momento puedo reproducirlo con exactitud durante el resto de mi vida. Hace dieciocho años. He olvidado muchas cosas que han ocurrido después. Para mí, África se ha vuelto una costumbre. Me he dado cuenta de que nunca podré sentirme totalmente tranquilo ante este herido y lacerado continente… Yo, Hans Olofson, me he acostumbrado a la idea de que sólo soy capaz de abarcar y comprender parcialmente este continente. En esta continua desventaja he persistido, me he quedado aquí, he aprendido uno de los muchos idiomas que hay, he dado empleo a más de doscientos africanos.



4 из 287