
El delirio de la nieve le hace retroceder a la infancia.
Están a mediados del invierno de 1956, son las cuatro de la mañana y el frío hace crujir las vigas de la vieja casa de madera. Pero no lo despierta ese ruido, sino un chirrido terco y un murmullo en la cocina. En su pijama de rayas azules siempre manchado de rapé, con calcetines de lana en los pies, calados por la cantidad de agua que derrama enfurecido por el suelo, el padre persigue a sus demonios en la noche invernal. Medio desnudo en la fría noche ha atado los dos perros grises junto a la leñera, ajustando las heladas cadenas, mientras que poco a poco en el fuego de la chimenea el agua hierve.
Y ahora friega embistiendo furiosamente contra esa suciedad que sólo él ve. Arroja el agua hirviendo hacia las telarañas que de repente se inflaman en las paredes, lanza un cubo entero a la chimenea porque está convencido de que ahí se esconde una madeja de serpientes moteadas.
Todo esto lo ve él desde la cama, un chico de doce años que se tapa estirando de la manta de lana hasta la cabeza. No tiene que levantarse y andar con sigilo por los fríos tablones de madera para mirar lo que está ocurriendo. Lo sabe de todos modos. Y, a través de la puerta, oye la risa entrecortada y nerviosa de su padre, sus desesperados arrebatos de cólera.
Siempre ocurre por la noche.
La primera vez que se despertó y que se acercó con sigilo a la cocina tenía cinco o seis años. A la pálida luz de la lámpara de cocina con la pantalla empañada, había visto a su padre chapoteando en el agua, con el pelo castaño totalmente revuelto. Y lo que había entendido, sin poder formulárselo, era que él mismo era invisible.
Se trataba de una visión distinta de cuando vio al padre intentando cazar con el cepillo de fregar. Ahora iba tras algo que solamente él podía ver y eso le dio más miedo que si le hubiera puesto un hacha encima de la cabeza.
Mientras se halla tumbado en la cama escuchando, sabe también que los próximos días van a ser tranquilos. Su padre se quedará inmóvil en la cama hasta que por fin se levante, coja su tosca ropa de trabajo y de nuevo se encamine hacia el bosque, a cortar leña para Iggesund o para Marma Långrör.
