Ésta ofrecía la agradable visión de una asamblea en la que las mujeres, vestidas de satén, brocado y terciopelo de diferentes colores, lucían diamantes, perlas, rubíes, zafiros y esmeraldas en el escote o en la cabellera. Aldo constató con placer que la horrible moda del pelo corto y la nuca afeitada todavía no había llegado a la alta sociedad vienesa, que sin duda no tenía como libro de cabecera La garçonne, el escandaloso libro de Paul Margueritte que causaba furor en Francia desde hacía un año. Él detestaba esa moda.

No es que fuera retrógrado, pero le encantaban las hermosas cabelleras, adornos naturales en los que tan agradable resulta introducir los dedos o hundir el rostro. Acabar con ellas era un crimen. En cambio, no tenía nada contra los vestidos cortos, casi todos encantadores y que permitían admirar piernas muy bonitas, hasta entonces vedadas a miradas que no fueran las del esposo o el amante.

Una tormenta de aplausos saludó al maestro, que tuvo el tiempo justo para hacer levantar a la sala a los acordes del himno nacional cuando entró monseñor Seipel. Después, el público volvió a sentarse. Todas las luces se apagaron excepto las candilejas y se hizo un profundo silencio.

—¿Por qué me ha hecho venir aquí esta noche? —susurró Morosini.

—Para que vea a alguien que todavía no ha llegado. Chissst...

Aldo, resignado, centró su atención en el espectáculo. El telón se levantó para mostrar un delicioso decorado que reproducía un dormitorio femenino de la época de la emperatriz María Teresa en el palacio de la mariscala. Esta, una mujer bellísima, se entregaba a un encantador jugueteo amoroso con su joven amante, Octaviano, antes de recibir, como la obligaba su rango, las visitas y a los solicitantes de primera hora de la mañana. Entre ellos, el barón Ochs, personaje tan importante como inoportuno, además de bastante ridículo, que había ido a pedirle a la gran dama que le buscara un caballero encargado de llevar la tradicional rosa de plata, símbolo de una petición de matrimonio oficial, a la joven con la que deseaba casarse. Pese a su repugnancia, ese caballero será, cómo no, el apuesto Octaviano.



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