—Era un poco difícil para él, y sobre todo muy delicado, enviarle una carta o cualquier otro tipo de mensaje. Estaba en la cárcel en El Cairo.

Morosini abrió los ojos con expresión de sorpresa.

—¿En la cárcel?... ¿Por un asunto de los servicios secretos?

—No, no —dijo el Cojo—. Por un asunto de la tumba de Tutankamon. Supusieron que nuestro amigo no había podido resistirse a la atracción de una estatuilla votiva de oro puro.

Aldo se indignó. Conocía la habilidad de su amigo con los dedos y sabía que era capaz de hacer bastantes cosas, pero no de cometer un robo por interés personal.

—Tranquilícese, el objeto ha aparecido y han soltado a Vidal-Pellicorne después de pedirle disculpas, pero ha estado encerrado una buena temporada. Supongo que no tardará en volver a verlo. ¿Acaba de llegar a Viena?

—No. Estoy aquí desde hace tres días. Quería volver a ver algunos lugares y también visitar el Tesoro imperial. ¿No me había dicho que probablemente el ópalo formaba parte de él?

—Estaba equivocado. El ópalo que se encuentra en el Tesoro no tiene nada que ver con el que buscamos.

—Sí, ya lo he visto, y también he constatado que no se hallaba expuesta ninguna de las alhajas de los dos últimos emperadores y de su familia, aunque no he conseguido enterarme de dónde están.

—Dispersas... Las joyas privadas de la familia imperial fueron retiradas el 1 de noviembre de 1918, justo antes del cambio de régimen, por el conde Berchtold, que las llevó a Suiza. Muchas han sido vendidas, y no me extrañaría que cierto banquero amigo suyo hubiera adquirido una o dos. Yo he tenido la oportunidad de examinar el aderezo que llevaba Sissi en su boda y ninguno de los ópalos es el que busco.

El diálogo fue interrumpido. Por encima del tabique de separación entre su palco y el contiguo, una dama engalanada con plumas saludó a Aronov llamándolo «querido barón» y entabló con él una conversación entrecortada, en vista de lo cual Aldo optó por dirigir su atención hacia la sala, ahora llena.



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