
—Fíjese en la joya —susurró el Cojo.
Merecía la pena: era un águila imperial ejecutada en diamantes, con un magnífico ópalo que constituía el cuerpo. Con ayuda de los gemelos, Morosini lo examinó lo más detenidamente posible y luego dirigió hacia su compañero una mirada interrogadora.
—Sí —murmuró éste—. Tengo motivos para pensar que se trata del nuestro.
Morosini se limitó a asentir con la cabeza, ya que era imposible hablar, pero el acto terminó enseguida en medio de un gran entusiasmo. Las luces de la sala se encendieron. La desconocida retrocedió más para refugiarse en la oscuridad del palco. Había cogido el abanico y, con él abierto, se tapaba todavía un poco más.
—¿Quién es? —preguntó Aldo.
—Le aseguro que no lo sé —respondió Aronov—. Una mujer de alto rango con toda seguridad, pero que no debe de vivir en Viena. No la conocen en ningún hotel y no se la ha visto nunca salvo en esta sala, y únicamente cuando representan El caballero de la rosa, lo que no es frecuente.
—Qué raro... ¿Por qué esta ópera?
—Mire con más atención su abanico.
Retirado detrás de las sillas, Morosini miró de nuevo a través de los gemelos: el abanico era una magnífica pieza de carey oscuro y de encaje, sobre cuya varilla principal destacaba una rosa de plata. Morosini sonrió.
—¡Una rosa! Ésa es la razón de su debilidad por esta ópera... Debe de recordarle algo.
