—Claro, pero eso no hace sino aumentar el misterio que la rodea. La joya que lleva perteneció a la emperatriz Isabel, estoy seguro. La he visto en un retrato, pero ya sabía que la piedra central era la que buscamos. A esta dama, es la primera vez que la veo. Me habían informado en dos ocasiones de su presencia aquí y, aunque no estaba seguro de que viniera esta noche, me he arriesgado a invitarlo.

—Y yo se lo agradezco más de lo que imagina. Respecto a la identidad de esa mujer, debe de ser fácil enterarse de quién ha alquilado ese palco.

—En efecto. Lo que pasa es que éstos son de abono anual. El que nos interesa pertenece a la condesa Von Adlerstein.

Morosini no intentó disimular su sorpresa.

—¡Esto sí que es una coincidencia! ¿Conoce usted a la condesa?

—Personalmente, no. Sólo sé que es la suegra de Moritz Kledermann, el gran coleccionista suizo.

—Y la abuela de mi antigua secretaria.

—¡Vaya, qué interesante! Debería contarme eso.

—Bah, no vale la pena. Tengo algo mejor, porque me parece que he coincidido con esa desconocida hoy mismo, a última hora de la tarde, en la cripta de los capuchinos. Había ido a llevar flores a la tumba del archiduque Rodolfo, y según el monje guardián no era la primera vez. Parece ser que incluso tiene una autorización especial para ir fuera del horario de visita.

—Esto se pone cada vez mejor. Cuando quiere, resulta usted apasionante, querido príncipe. Continúe, continúe...

Sin hacerse de rogar, Aldo describió la extraña visión de la cripta, la larga silueta envuelta en crespón a la que por un momento había tomado por el fantasma de la madre doliente del archiduque. Después contó que había seguido al coche que la condujo al palacio de Himmelpfortgasse.

—Es una suerte que Viena permanezca fiel a los coches de caballos. Con un automóvil, no habría tenido ninguna posibilidad.



30 из 302