
A costa, eso sí, de no pocos sufrimientos. Al igual que todo objeto sagrado profanado por la codicia, las dos joyas habían resultado ser igual de maléficas. La princesa Isabelle, madre de Aldo, había pagado con su vida el zafiro, la Estrella Azul. La misma suerte había corrido su último propietario, sir Eric Ferráis, riquísimo vendedor de cañones, asesinado —oficialmente al menos— por el antiguo amante de su mujer. En cuanto al diamante, el número de cadáveres sembrados a su paso era ya incontable. ¡Pero qué apasionantes aventuras habían vivido los dos hombres siguiéndoles el rastro! Y era eso lo que Morosini añoraba tan cruelmente desde principios de ese año, 1923, cuyo último cuarto ya había empezado.
Después de las fiestas de fin de año pasadas en su casa de Venecia «en familia», en torno a la Candelaria Aldo se había encontrado prácticamente solo. Su familia —es decir, su tía abuela, la querida marquesa de Sommieres, y Marie-Angéline du Plan-Crépin, prima y lectora de la primera, así como Adalbert Vidal-Pellicorne, arqueólogo de profesión y elevado al rango de amigo fraternal— se había dispersado. Una especie de «sálvese quien pueda» que lo había dejado en compañía de su antiguo preceptor, Guy Buteau, convertido en su apoderado, y de sus fieles sirvientes, Zaccaria y Celina Pierlunghi, que lo habían visto nacer. ¡Y eso justo en el momento en que renacía la esperanza de embarcarse de nuevo en grandes aventuras!
Dicha esperanza había aparecido el 31 de enero en forma de una carta procedente del banco suizo a través del cual el Cojo y sus enviados se ponían en contacto. Por desgracia, aunque contenía una importante letra de cambio y una nota escrita por Simon, el texto resultó de lo más decepcionante: no sólo Aronov no citaba a Morosini, sino que, tras haberlo felicitado brevemente por su «último envío», le aconsejaba «tomarse una temporada de descanso y no hacer nada hasta nueva orden, a fin de dejar que el ambiente se calmara un poco».
