
A partir del día siguiente, los invitados empezaron a abandonar el palacio Morosini. El primero en partir fue Adalbert, quien, bastante satisfecho en el fondo del entreacto anunciado, decidió inmediatamente embarcar rumbo a Egipto; hacía meses que el fantástico descubrimiento de la tumba del joven faraón Tutankamon y de sus tesoros le quitaba el sueño. Quería ir a ver aquello con sus propios ojos.
—Así podré pasar unos días con mi querido profesor Loret, el conservador del Museo del Cairo. No lo he visto desde hace dos años y debe de estar muerto de envidia ante los descubrimientos de esos condenados ingleses. Intentaré mantenerte informado.
Y había embarcado en el primer barco que zarpaba para Alejandría, seguido de cerca por la señora Sommieres y Marie-Angéline, para gran desesperación de ésta. Durante todo el mes de enero, Plan-Crépin se había esforzado en sustituir a la incomparable Mina
—Si es en París donde esperamos encontrar el tiempo ideal, cometemos un gran error —declaró, empleando ese plural mayestático que siempre utilizaba cuando hablaba con la señora Sommieres.
—¿Te crees que estoy loca, Plan-Crépin? No tengo ninguna intención de ir a helarme a París.
—¿Escogeremos acaso la Costa Azul?
—¡Demasiada gente! ¡Demasiado cosmopolita! ¿Por qué no Egipto?
—¿Egipto? —refunfuñó Aldo, vagamente frustrado—. ¿Usted también?
—No te lo tomes a mal, pero nuestro querido Adalbert nos ha hablado tanto de ese país durante un mes que ha acabado por tentarme. Y además, el soplo del desierto será mano de santo para mis articulaciones. Plan-Crépin, vaya a Cook a reservar dos camarotes y también dos habitaciones en el Mena House de Gizeh para empezar. Después ya veremos.
