
Levantó la cabeza y vio que el cielo estaba casi despejado; dos o tres animosas estrellas hacían guiños. El botones del hotel, al ver que se entretenía en los últimos peldaños, se ofreció a pedirle un coche.
—No, no —dijo—. Prefiero caminar un poco fumando un puro. ¿Podría ir a buscar al guardarropa del restaurante mi capa y mi sombrero?
Unos minutos más tarde, Aldo deambulaba por Käerntnerstrasse al paso apacible de un juerguista rezagado que hubiera decidido respirar el aire fresco de la noche para disipar los vapores del alcohol. Desierta a esa hora —la torre de la catedral de San Esteban daba las dos—, la gran arteria lujosa brillaba como el interior de una gruta mágica. Por eso, al girar en la esquina de Himmerlpfortgasse, mucho menos iluminada, Morosini tuvo la impresión de penetrar en una falla entre dos acantilados. De vez en cuando, una débil farola permitía apenas andar sin doblarse los tobillos sobre los adoquines, que debían de datar de la época de María Teresa. Las luces del palacio Adlerstein estaban apagadas.
Envolviéndose en su capa del más puro estilo español, de modo que resultaba prácticamente invisible, Morosini se agazapó en el hueco de una puerta y se sumió en la contemplación de la casa muda. Muda y, además, ciega, pues ni un solo rayo de luz se filtraba a través de los postigos cerrados.
Se quedó allí un buen rato, buscando la manera de descubrir el secreto de esa fachada austera que de noche, con las formas imprecisas y retorcidas de los atlantes sosteniendo el balcón, se tornaba siniestra, pero acabó por hartarse, se sintió ridículo y lamentó haber sacrificado un buen puro. Misteriosa o no, a esas horas la dama vestida de encaje negro debía de dormir el sueño de los justos, y él empezaba a tener frío en los pies. El mejor método de investigación, el único, seguía siendo ver sin tardanza a la condesa Von Adlerstein. Si no estaba en Viena, iría a su castillo alpestre y sanseacabó.
