El zafiro y el diamante han dejado ambos un rastro sangriento y supongo que con las otras dos sucede lo mismo. En lo que respecta al ópalo, si la desdichada Sissi lo llevó, la causa está vista para sentencia. En cuanto a la que actualmente lo luce, los velos fúnebres con los que se tapa el rostro no son señal de una dicha radiante. Hay que liberarla de él cuanto antes.

—Estoy de acuerdo con usted, por supuesto, pero no se precipite —murmuró el Cojo con gravedad—. Es posible que le tenga más apego a esa joya que a cualquier otra cosa. Tal vez incluso más que a su vida. Si es así, como sospecho, el dinero no servirá de nada.

—¿Cree que no lo sé? Y supongo que esta vez no tiene una piedra de recambio como en los dos casos anteriores. De ser así, ya me lo habría dicho.

—En efecto. Un ópalo no se puede imitar. Es verdad que Hungría los produce y que quizá, sólo quizá, fuera posible encontrar uno bastante similar. Sin embargo, el mayor problema lo plantea la montura. Esa águila blanca está compuesta de diamantes variados y de una rara calidad. Es una joya valiosísima que, aparte de ser histórica, puede tentar a más de un ladrón. Es una suerte que la dama desconocida vaya escoltada por un guardaespaldas tan imponente.

—Me alarma. En caso de que aceptara vender, ¿estaría usted en situación de pagar el precio que pida?

—Sobre ese punto puede estar tranquilo. Dispongo de todos los fondos que sean necesarios. Ahora voy a dejarlo. Muchísimas gracias por esta agradable cena.

—¿Volveremos a vernos?

—Si lo considera necesario o si averigua algo interesante, venga a verme al palacio Rothschild. Pienso quedarme unos días.

Después de haber dejado a Aronov instalado en un coche, Morosini dudó un momento sobre lo que iba a hacer. Acostarse no, desde luego. No tenía ningunas ganas de dormir.



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