La puerta se abrió, y Aldo se encontró frente al hombre vestido con traje tradicional al que había visto el día anterior. Éste lo reconoció de inmediato, pero ese detalle no pareció alegrarlo. Esta vez, el hielo no se fundió e incluso vino a sumarse a ello un ligero fruncimiento de entrecejo.

—¿Ha olvidado algo Su Excelencia?

—¿Qué podría haber olvidado? —dijo con altivez Morosini, que no soportaba a los criados insolentes—. No creo haber entrado en esta casa.

—Me he expresado mal y ruego a Su Excelencia que me perdone. Quería decir si ha olvidado decirme algo.

—Nada en absoluto. Le había anunciado un mensaje y aquí está.

—Sí, pero ¿no tenía que traerlo un botones del Sacher?

—Es posible, pero he decidido traerlo yo mismo, y no sé qué diferencia puede haber para usted entre una cosa y la otra. Tenga la bondad de ocuparse de que esta tarjeta llegue a manos de la condesa Von Adlerstein cuanto antes.

—En cuanto la señora condesa esté de vuelta, se la entregaré sin falta.

—Pero ¿tiene al menos una idea de la fecha de su regreso? Se trata de un asunto bastante urgente.

—Lo siento muchísimo, pero este mensaje tendrá que esperarla.

—¿No puede hacérselo llegar?

—Si Su Excelencia tiene prisa, lo más rápido sigue siendo dejar la carta aquí. La señora no puede tardar mucho tiempo.

Morosini estaba empezando a mosquearse, pues tenía la clara impresión de que el pomposo personaje se burlaba de él. Para empezar, ni siquiera le había permitido cruzar la puerta, cuya hoja mantenía firmemente sujeta. Y además, esa especie de diálogo para besugos que le imponía era ridículo. Con un raudo ademán, Morosini le quitó al hombre la tarjeta de la mano y se la guardó en el bolsillo.



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