
—Bien pensado, no voy a dejarla. Su buena voluntad es tan conmovedora que no me perdonaría abusar más de ella.
Sorprendido por la rapidez del gesto y la rudeza del tono, el cancerbero retrocedió lo suficiente para que el patio interior quedara a la vista del visitante inoportuno. Este vio entonces un pequeño coche bajo, de un rojo vivo y forrado de piel negra, que le recordó tanto el de Vidal-Pellicorne que quiso observarlo más de cerca e intentó apartar al hombre.
—¡Oiga! —exclamó éste sin ceder ni un milímetro—. ¿Adónde pretende ir?
—¿De quién es ese coche? ¡De la condesa no será!
Le costaba imaginar a una noble dama de avanzada edad trasladándose de un lado a otro en un artefacto cuya comodidad dejaba mucho que desear.
—¿Y por qué no? Por favor, señor, váyase si no quiere que pida ayuda. Mientras la señora esté ausente, usted no tiene nada que hacer aquí.
Pese a la viva cólera que se había apoderado de él, a Morosini no le pasaba inadvertido que las fórmulas de respeto acababan de desaparecer del lenguaje del hombre. Con todo, no insistió. Habría sido una estupidez armar un escándalo por tan poca cosa. Adalbert no podía tener la exclusiva de los pequeños Amilcar rojos con tapizado negro —estaba seguro de la marca— y ruedas con radios.
—Tiene razón —dijo, suspirando—. Discúlpeme, pero me ha parecido que era el coche de un amigo.
Mientras el sirviente cerraba la puerta a su espalda, Morosini se alejó sin lograr quitarse de la cabeza la idea de que había visto el coche de Adal. Tanto más cuanto que su memoria fotográfica le mostró de pronto un detalle: las dos primeras cifras del número de la matrícula —las otras quedaban tapadas por el cubo de agua del criado que estaba lavando el coche— eran un 4 y un 1. Y el número de matrícula del coche de Adalbert era 4173 F, lo que no dejaba de ser una coincidencia sorprendente.
