
—¿Cómo quiere recordar un nombre que tiene más consonantes que vocales? A mí me pasa lo mismo que a usted, príncipe. De lo único que me acuerdo es que está cerca de Praga —respondió inocentemente Frau Sacher jugueteando con sus numerosos collares de perlas—. Tendría que consultar las fichas antiguas para encontrar ese dato.
—No se moleste, por favor, yo también debo tenerlo anotado en alguna parte —dijo hipócritamente Aldo, un poco decepcionado de que su trampa no hubiera funcionado. Los alrededores de Praga no le decían mucho más acerca de su misterioso cliente, pues ya sabía que tenía varios domicilios. ¿Por qué no iba a figurar entre ellos Praga, desde siempre uno de los lugares destacados del pueblo judío?
Un rato más tarde montaba en un coche de punto. Como había dejado de llover, Morosini, pese a sus preocupaciones, disfrutó del paseo hasta el elegante barrio del Belvedere, donde la mansión Rothschild ocupaba un lugar privilegiado.
Un mayordomo más tieso que un palo, al que la enunciación de su nombre apenas hizo inclinarse, lo recibió en el gran vestíbulo rematado por una cúpula que era el corazón de la casa y a continuación lo introdujo en un salón marcado con el sello de ese fasto un poco recargado pero innegable característico de todas las moradas familiares. Al cabo de un momento, el paso irregular del barón Palmer sonaba sobre el brillante parqué Versalles.
—¿Podemos hablar aquí? —preguntó Morosini tras los saludos de rigor.
—Con toda confianza. Los criados de un Rothschild no se permitirían por nada del mundo escuchar detrás de las puertas. Son todos intachables. ¿Qué ocurre?
—Enseguida se lo diré, pero antes quisiera saber por qué me ha hecho venir si ya tenía aquí a Vidal-Pellicorne.
El monóculo de Aronov se desprendió al levantar éste una ceja.
—¿Adalbert aquí? Le doy mi palabra de que no lo sabía. ¿Cómo se ha enterado?
