—Al ver a un criado lavar un coche en el patio del palacio Adlerstein. Resulta que era el suyo, y no sé qué iba a hacer aquí sin su propietario.

—Yo tampoco, pero, puesto que estaba usted allí, podría haberlo preguntado.

—La verdad es que no puede decirse que estuviera. En realidad, el sirviente con el que me encontré ayer me estaba echando a la calle. Tengo la impresión de que en ese palacio pasan cosas raras, o al menos de que lo habita gente rara.

—Dentro de un momento me contará todo eso.

Tras haberse anunciado mediante unos discretos golpes en la puerta, un lacayo con librea de estilo inglés entró en la habitación llevando una bandeja con un servicio de café, que depositó sobre una mesita antes de ponerse a servir.

—No hacía falta que pidiera nada —dijo Aldo.

—No he pedido nada —repuso Aronov con una de las escasas sonrisas que conferían cierto encanto a su semblante un poco severo—. Esto es simplemente una muestra de la hospitalidad Rothschild. Cuando alguien es admitido en su casa, debe ser servido en el acto. En Londres le ofrecerían té o whisky. Aquí, por supuesto, café, la pasión nacional.

—Y todo porque, al huir después de su frustrado asedio, en 1683, los turcos dejaron tal cantidad de sacos de café que los vieneses se aficionaron a él. ¡Qué curiosas son las cosas!

—No seré yo quien se lo discuta. Cuénteme ahora.

Morosini relató entonces las tres aventuras que había vivido en torno a esa «calle de la Puerta del Cielo» que tan poco lo era para él: la marcha nocturna, su visita de la mañana y, por último, su incomprensible diálogo con el joven del sombrero verde. Finalizó manifestando su intención de ver a la condesa lo antes posible, lo que le exigía ausentarse de la capital.

—Lo malo es que no tengo ni idea de dónde está. Cerca de Salzburgo, pero eso es un territorio muy amplio. Frau Sacher me ha aconsejado que le pregunte a usted sobre el asunto; según ella, es el hombre mejor informado del mundo.



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