—Sus palabras me honran, pero anoche todavía lo ignoraba. Hoy me he informado. Iba a enviarle una nota: el antiguo castillo familiar, o más bien debería decir la ruina ancestral, se encuentra junto a Hallstatt, pero, como es inhabitable, los Adlerstein, cercanos a la Corte, se han hecho construir una villa..., un castillo en realidad..., cerca de Bad Ischl. Se llama Rudolfskrone y parece ser que es una preciosidad. No creo que tenga ninguna dificultad en localizarlo.

Morosini anotó la información en el cuadernito que llevaba siempre en el bolsillo, se acabó el café y se despidió.

—¿Piensa ir pronto? —preguntó el Cojo.

—Enseguida, si es posible. Volveré al hotel, preguntaré a qué hora sale el primer tren para Salzburgo y me iré..., pero ¿puedo pedirle un pequeño favor?

—Desde luego.

—Intente averiguar qué hace Adalbert aquí. Aunque no tuviera que marcharme, yo no puedo montar guardia día y noche delante del palacio Adlerstein esperando que salga.

—Hemos pensado los dos lo mismo. No se preocupe, yo me encargo de eso. Váyase tranquilo.

Sin embargo, estaba escrito en algún sitio que Aldo no tomaría el tren de Salzburgo. Al llegar al Sacher, se encontró un telegrama que acababan de llevar.

«Le ruego que me disculpe, pero debo pedirle que vuelva inmediatamente. Me veo enfrentado a una situación en la que me es imposible tomar una decisión, entre otras cosas porque Celina amenaza con marcharse. Afectuosamente, Guy Buteau.»

Más que contrariado, Aldo se guardó el papel azul en el bolsillo y descolgó el teléfono interior con la intención de llamar a su casa, pero, tras reflexionar un instante, se limitó a pedir que le reservaran un sleeping en el tren nocturno para Venecia. Si Buteau, que conocía tan bien como él las virtudes del teléfono, había elegido el telégrafo, seguro que tenía una buena razón. De qué asunto podía tratarse, en cambio, no tenía ni la más remota idea, pero, para que hubiera puesto en apuros a Buteau y fuera de sí a Celina, debía ser muy desagradable.



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