—¡Menudo recibimiento! ¿Se puede saber qué mosca te ha picado para que me arrastres de esta manera sin siquiera darme tiempo de decir esta boca es mía?

—Era la única manera, si quería que hablaras conmigo antes que con nadie.

—¿Hablar de qué, por favor? Podrías dejarme al menos llegar tranquilamente y servirme una taza de café. ¿Sabes qué hora es?

Las campanas de Venecia tocando el ángelus de la mañana dispensaron a Celina de responder. Ella las acogió haciendo una amplia señal de la cruz antes de ir a buscar la cafetera, que estaba sobre un fogón, volver para plantarse en el otro lado de la gran mesa de roble encerado y llenar una taza puesta ya allí encima junto a un azucarero.

—Lo sé —dijo—, y confiaba en que vinieras en el tren de la mañana. A estas horas, todo el mundo duerme y se puede hablar. En cuanto al café, te lo he preparado porque sigo queriéndote, pero un hipócrita redomado como tú no se lo merece.

La sorpresa y la incomprensión hicieron que las cejas del príncipe se levantaran un centímetro largo.

—¿Yo soy un hipócrita redomado? ¿Y tú «sigues» queriéndome? ¿Qué significa todo esto?

Celina apoyó las dos manos en la madera encerada de la mesa y clavó en el recién llegado una negra y fulgurante mirada.

—¿Cómo llamas tú a un hombre que tiene secretos para la que se ha ocupado de él desde que nació? Yo creía que contaba un poco más para ti. ¡Pero no! ¡Ahora que soy vieja, ya no cuento para Su Excelencia! Su Excelencia tiene una prometida en alguna parte y no me considera digna de saberlo. Es verdad que no hay nada de lo que sentirse orgulloso. Es más, si yo fuera tú, hasta sentiría vergüenza.



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