—¿Que yo tengo prometida? —dijo Morosini sin salir de su asombro—. Pero ¿de dónde has sacado eso?

—De aquí mismo. De la habitación de las Quimeras, o sea, la menos agradable de la casa. Ahí es donde la he instalado. No querrías que la pusiera en tu cuarto, supongo, eso ya sería el colmo. O en el de tu pobre madre, puesto que tiene el descaro de querer ocupar su sitio. Estas chicas de hoy en día no tienen vergüenza... Pero tendrá que conformarse con eso... hasta esta noche. Sería indecoroso que una señorita durmiera bajo el mismo techo que su futuro esposo, aunque es verdad que el decoro y esa criatura no parecen casar muy bien... Bueno, la cuestión es que como seguramente es lo bastante rica para ir a un hotel, prometida o no, si ella se queda, la que se va soy yo.

Celina hizo una pausa para respirar. Aldo sabía desde siempre que, una vez que se había lanzado, era imposible detenerla y que la sensatez aconsejaba esperar pacientemente. Sin embargo, al ver que volvía a abrir la boca para proseguir su filípica, se levantó, fue directo hasta ella, la asió por los hombros y la obligó a sentarse.

—Si no me dejas decir nada, no nos entenderemos. Para empezar, dime cómo se llama... mi prometida.

—¡No me tomes por idiota! ¡Lo sabes mejor que yo!

—Ahí es donde te equivocas. Acabo de enterarme y estoy impaciente por saber más.

—Creo que será mejor que se lo explique yo —dijo la suave voz de Guy Buteau, que acababa de entrar en la cocina terminando de atarse el cinturón de la bata—. Pero, primero, debo pedirle que me disculpe, querido Aldo.

Quería ir a esperarlo a la estación con Zian y el motoscaffo, pero dormía tan profundamente que ni siquiera he oído el despertador —añadió, pasándose por la cara sin afeitar una mano que trataba de borrar las huellas del sueño—. Y es muy raro, porque no me pasa nunca.

—No se disculpe —dijo Aldo, estrechando las dos manos de su antiguo preceptor—, son cosas que a todos nos pasan alguna vez. Con una buena taza de café se recuperará enseguida —añadió, volviéndose hacia Celina con la suficiente rapidez para sorprender en su ancho rostro marfileño una fugaz sonrisa de satisfacción—. ¿No le servirías una infusión anoche?



53 из 302