
—Entonces, si ya no quieres casarte conmigo, seré tu amante, pero tengo que quedarme aquí.
Había vuelto hacia él corriendo y apoyaba sus finas manos sobre los fuertes hombros de Aldo al tiempo que alzaba hacia él una mirada implorante en el sentido estricto del término, pues había lágrimas en sus ojos. Lágrimas y miedo.
—¡Por favor, no me eches! —suplicó—. Tómame, haz de mí lo que quieras, pero déjame quedarme contigo.
Sus bonitos labios trémulos, sus ojos relucientes y un perfume sutil, indefinible y penetrante —sin duda una mezcla cara, elaborada para ella por algún maestro de los perfumes— hacían que estuviera muy seductora, pero Aldo no sintió el ardor que había sentido— al verla en el locutorio de la cárcel de Brixton cuando era una presa condenada a la horca, con un severo vestido negro y su cabellera rubia, casi irreal, por todo adorno. No obstante, fue sensible a la angustia que expresaba todo su ser.
—Ven —dijo con delicadeza, asiéndola del brazo para conducirla hasta un canapé antiguo colocado junto a la chimenea—. Tienes que explicarme todo eso para que me haga una idea clara de la situación en la que te encuentras. Después decidiremos lo que hay que hacer. Pero, antes de nada, dime por qué tienes tanto miedo y de qué.
Mientras él, en cuclillas, atizaba el fuego para avivarlo, ella fue a buscar el bolso a juego con el vestido que había dejado sobre un mueble. Una vez se hubo sentado, sacó de él unos papeles y se los tendió a Aldo.
—De esto es de lo que tengo miedo: amenazas de muerte. En Nueva York recibía cada vez más. Toma. Mira.
Aldo desplegó una carta, pero se la devolvió enseguida.
—Deberías haberla traducido. Yo no leo ni hablo polaco.
—Es verdad. Perdona. Bueno, sin entrar en muchos detalles, en estos mensajes se me acusa de ser causante de la muerte de Ladislas Wosinski. Según dicen, no se suicidó, sino que lo mataron después de haberle obligado a escribir una confesión falsa para salvarme.
